La presencia de las mujeres en el mundo laboral cartagenero no es un fenómeno nuevo. La actividad económica de las mujeres en la ciudad se ha venido incrementando ante las necesidades familiares y sociales. No obstante, la feminización del mercado laboral, no significa que la mayoría de las mujeres tengan un trabajo remunerado y decente. La brecha del trabajo remunerado entre mujeres y hombres es amplia. La discriminación en términos de oportunidades de empleo se mantienen. Y existen  pronunciadas retiradas de las mujeres del mercado laboral con las consecuentes pérdidas salariales, de protección social, ingresos y posibilidades de autonomía económica.








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En la ciudad de Cartagena de Indias prevalece, de manera acentuada, la cultura de desvalorización del trabajo y de las capacidades de las mujeres afrontando una triple discriminación por ser mujeres, pobres y de raza/etnia (afrodescendientes o indígenas). Y La división sexual del trabajo  sigue plenamente vigente en el seno de la sociedad cartagenera. 

Pese a todo, cada día una mayoría de mujeres se incorporan con su trabajo a diferentes actividades productivas y con ello contribuyen, por un lado, a incrementar los ingresos de sus hogares, sostienen la economía familiar y  reducen las consecuencias de la situación de pobreza en la que viven sus hogares. Y, por otro, a dinamizar con su mano de obra, en condiciones de desigualdad e inequidad, el crecimiento económico y productivo local.


Las pautas sociales y culturales de ciudad siguen afianzadas en la familia patriarcal y siguen imponiendo que sean las mujeres, en los hogares, las responsables del trabajo doméstico y del cuidado sin mayores excepciones por
clase social o niveles de ingresos, excepto lo que significa la posibilidad de contar con trabajadoras domésticas remuneradas Las mujeres siguen, en su mayoría, encargándose de desarrollar todas las actividades domésticas y del cuidado y tanto en los ámbitos familiares como sociales y políticos se sigue ocultando la producción social del mundo doméstico y el trabajo que conlleva y realizan las mujere
s.


El trabajo doméstico y del cuidado de los miembros de la familia limita el acceso de las mujeres al mercado laboral, pero también reducen sus posibilidades de formación y capacitación y sus posibilidades para una mejor inserción en el mundo del trabajo. Sin embargo, con su salario contribuyen al sostenimiento de la economía de sus hogares, particularmente, en aquellos que son más empobrecidos. 

Esta situación niega la igualdad de género y exige a las mujeres tiempo para los quehaceres domésticos siendo discriminadas en las posibilidades de poder satisfacer su autonomía económica y sus intereses y necesidades condicionando su vida laboral y social y su desarrollo y realización personal; y afectando su salud física y mental. Las mujeres que viven en condiciones de pobreza son las más vulnerables y son las que tienen mayores relaciones de dependencia económica. 


La presencia de la mano de obra femenina en el mercado de trabajo en forma significativa y en ascenso en los últimos años no representa en las ciudad una mayor igualdad y equidad para las mujeres en relación a las oportunidades laborales y a los salarios. Las brechas en relación a los hombres persisten, la discriminación laboral se profundiza y las condiciones de desigualdad se traducen en la práctica en una sobrecarga de sus jornadas de

trabajo.

El modelo de desarrollo local implementado en la ciudad se aprovecha de la división sexual del trabajo en el hogar y de la situación de discriminación de las mujeres ofreciendo a las mujeres empleos de peor calidad y con mayor
precarización a cambio de compatibilizar trabajo doméstico y trabajo remunerado. Las mujeres más afectadas por la precariedad laboral y por la desregulación del mercado de trabajo aseguran una mano de obra barata para las
distintas ramas productivas y para el funcionamiento y rentabilidad de la economía local y global. 

Así, La mayoría de las mujeres entran al mercado laboral desde una oferta de precarización, inestabilida de informalidad a través de subcontratos, cuentapropistas en las calles, vendedoras puerta a puerta, el trabajo doméstico remunerado, etc. que termina reflejándose, por una parte, en una insatisfacción creciente, sea por empleo inadecuado por ingresos, competencia o insuficiencia de horas de trabajo. Y, por otra, impidiendo el acceso de las mujeres, como trabajadoras, a todos los derechos laborales, a la seguridad social y a sus prestaciones previsionales.

 

El crecimiento económico de la ciudad se apoya en general en la discriminación de género y en particular en la desigualdad de género salarial. El modelo de desarrollo implementado en la ciudad, con sus deficiencias en la implementación de políticas públicas a favor de la igualdad y equidad de género, sólo ha afianzado los mecanismos que reproducen la pobreza de género y la discriminación social y económica de las mujeres, y no ha garantizado los derechos de ciudadanía de las mujeres en todo lo concerniente a la esfera laboral y de actividad económica.

CiDESD esta trabajando junto a otros actores en la defensa

de los derechos laborales y autonomía económica de las mujeres

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